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Es difícil imaginar un editorial más vil, traicionero y cobarde, en un medio que todavía quiere pasar por “opositor” a la dictadura, que el publicado ayer en el diario La Prensa de Nicaragua.

Un editorial vil, porque escupe en la cara a las víctimas del genocidio, a sus madres, a sus hermanos, a sus seres queridos, a todas las personas de buena voluntad que han sido testigos del horror; bailan sobre las tumbas de los caídos, sobre el sufrimiento de los exiliados y la destrucción del país.

¿Cuándo, cómo, decidieron unirse a la danza macabra de los paramilitares, al ritual siniestro movido por la música de “El comandante se queda”?  Porque este, precisamente este, es el mensaje de La Prensa: “el comandante se queda”. Y como “el comandante se queda”, porque “en los mandos del régimen no parece haber mayor problema”, y “económicamente el régimen no parece tener alguna preocupación importante”, porque “maneja bien la macroeconomía”; como todo está bien, excepto que hay un pequeño “desequilibrio” entre “Estado y sociedad civil, economía de mercado y normas democráticas universales” ––problemas técnicos menores, nada para perder el sueño–– pues lo mejor es dejarse de exageraciones y calmarse, calmar esas “mentes políticas” “atrincheradas”, que llegan al extremo de reclamar “un nuevo pacto social”. Imagínense, que locuras las de los “atrincherados”. No entienden que lo único que hace falta es ––nos explica La Prensa–– completar “la normalización política y social”.

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Un editorial traicionero, porque para servir a la oligarquía retrógrada de Pellas Chamorro, Ortiz Mayorga, Juan Bautista Sacasa, Zamora Llanes, etc., y al sueño de restaurar su propia viabilidad comercial, pisotean el legado de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, a quien invocan como “Director Mártir”. Aunque este, como todo ser humano, haya tenido luces y sombras, estaría ––nadie puede dudarlo–– horrorizado ante la degeneración abominable del diario que interpuso entre la tiranía de su tiempo y la legitimidad. Sus herederos, en cambio, han convertido La Prensa en abogada defensora y consejera del peor despotismo de la historia del país.  El periodista que dijo que “con la dictadura no se transa” sufriría como la peor tortura ver a su diario condenar, por “maximalista” la exigencia de que desaparezca de Nicaragua la dictadura.

El autor es Doctor en Economía, escritor, y editor de revistaabril.org

 

<<Esto que La Prensa, de manera vil, cobarde y traicionera, pero, hay que añadir, descarada, presenta en su editorial, es la llamada “hoja de ruta” de la oligarquía cómplice: aceptar al régimen ilegítimo [por genocidios y fraudes], suplicarle una cuota de poder, suplicarle el regreso a la normalidad de los negocios, denunciar a quienes quieren el fin de la dictadura como extremistas [ahora introducen el vocablo “maximalista”], e iniciar una nueva era de convivencia con la tenebrosa estructura represiva del orteguismo.>>

Un editorial cobarde, porque los intereses más retrógrados y la claudicación más infame se esconden tras el anonimato de su texto sin firma.  ¿Qué plumas han intervenido, qué votos han autorizado el harakiri moral de La Prensa?  ¿Cuál de los dos Humbertos? ¿Cuál de los dos Belli? ¿Cuál Holmann, o cuál Chamorro?  ¿En qué Cónclave de Oligarcas con Pellas Chamorro, Ortiz Mayorga, Juan Bautista Sacasa, Zamora Llanes, etc., han tomado la decisión de salir del armario y declarar legítimo a Ortega, de llamar al pueblo a abandonar sus derechos humanos, su derecho a no vivir bajo una dictadura?

Todo esto lo salpican, cruelmente, de “consejos” al régimen usurpador, en el tono de una madre tolerante que con gran tacto aconseja a su hijo; este tiene “sus virtudes” [“demuestra tener control político y social del país”, dice orgullosa; “maneja bien la macroeonomía”, se jacta], pero podría mejorar, debería, por ejemplo, “no sentirse satisfecho” de tener una gran cantidad de presos políticos. “No te conviene, hijo”, le dice, más bien, te conviene “asumir la iniciativa de un proceso gradual de distensión política que conduzca a una verdadera normalización, arrancando con la puesta en libertad de todos los presos políticos mediante la anulación de las condenas judiciales o una amnistía general”.  Es decir, al clan criminal que ha “tomado la iniciativa” de asesinar a miles, exiliar a cientos de miles, expropiar a sus oponentes, cerrar todos los medios de comunicación, hasta llegar a la ocupación de las instalaciones de la propia Prensa, a ese clan criminal ––repito, porque su delirio tiene eco–– La Prensa pide que “tome la iniciativa” de convertirse en régimen de libertades democráticas.  La poeta Daisy Zamora ha comentado en las redes que “mejor le hubieran escrito una carta al Niño Dios”.  Cierto, pero solo hasta cierto punto, porque cuando un niño escribe su carta, lo hace desde la inocencia, no desde el cinismo.  Peor aún, a La Prensa ––así es el amor de una madre: tolerante, paciente–– le parece muy bien que el clan genocida disminuya la represión de manera gradual.  Escarnio sobre tortura. ¿De qué otra manera puede leerse la recomendación que hace al régimen? Escarnio sobre tortura, porque, para colmo, la disminución gradual de la represión debe ser agradecida y bien correspondida por el pueblo, que debe olvidarse de exigir el fin de la dictadura, mucho menos –– ¡no sea el pueblo tan intransigente! –– la “refundación a corto plazo del Estado nacional (sic)”, o, ¡que Dios no lo quiera!, “un nuevo pacto social”.

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Porque, a fin de cuentas, según La Prensa, en extraña [¿extraña?] coincidencia con Daniel Ortega y Rosario Murillo, dos terceras partes de la sociedad de Nicaragua están, o a favor del régimen, o “indiferentes”; es decir, les da igual que el FSLN siga o no en el poder. Apenas una tercera parte “lo adversa”, nos dicen.

Es decir, quienes quieren que el régimen caiga son, para La Prensa, antidemocráticos, golpistas; prácticamente son, como han dicho tantas veces desde El Carmen, “puchitos”, porque la gran mayoría del país, dos de “las tres grandes partes” en que la población se ha dividido, según el editorial, están dispuestos a dar su consentimiento a Ortega y Murillo, sea con algún desgano (“indiferencia”) o con entusiasmo. Dicho sea de paso, estos son los mismos maestros de las matemáticas que propagaban [y propagan] la noción de que Cristiana Chamorro, parte de la familia, y a quien las encuestas habían dado alrededor de 12% de popularidad, era (es) “Nicaragua”, era (es) la “figura dominante de la oposición”.

Cuando arriba pregunto “¿extraña”? es porque se me viene a la mente la aseveración del gran Jorge Luis Borges: “todo encuentro casual es una cita”. Es decir, no hay encuentro casual. No, al menos, en este caso. Aquí hay una cita de intereses. Esto que La Prensa, de manera vil, cobarde y traicionera, pero, hay que añadir, descarada, presenta en su editorial, es la llamada “hoja de ruta” de la oligarquía cómplice: aceptar al régimen ilegítimo [por genocidios y fraudes], suplicarle una cuota de poder, suplicarle el regreso a la normalidad de los negocios, denunciar a quienes quieren el fin de la dictadura como extremistas [ahora introducen el vocablo “maximalista”], e iniciar una nueva era de convivencia con la tenebrosa estructura represiva del orteguismo.

Ese es su plan, y para eso emplearán todos sus recursos. Para ese plan, hay voceros, propagandistas, y embaucadores profesionales. Entre ellos está La Prensa, que parece haber tomado el grito de “¡que se vayan!” con que el pueblo ha marchado contra Ortega y Murillo, y lo lanza al pueblo “maximalista”.  ¡Quieren que sean los que exigen el fin de la dictadura los que se vayan!, mientras pide a sus lectores pagar una subscripción para apoyar, según ellos, el periodismo libre. Pero el diario que una vez sirvió de barricada intelectual contra el despotismo es ahora su cómplice, y como tal, se ha posicionado abiertamente en contra de los intereses de la nación, de la democracia, y del pueblo, y merece ––junto al matrimonio violento de la oligarquía y el orteguismo–– el repudio de todos aquellos que buscan la libertad de Nicaragua.

 

 

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