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“ Solo a un lector de otro país (casi de otro planeta) hay que explicar que Medina miente, que nadie reclama “el reino de los cielos como forma de gobierno” después de Ortega. Que los opositores democráticos reclaman algo que para Medina y sus patrones parece ser tan “maximalista” que debe tratarse del “reino de los cielos”: el fin de la dictadura y el comienzo de la democracia.”

“No es culpa de Ortega“

En la medida en que ven peligrar sus intereses, no solo por el desprecio del pueblo nicaragüense a la continuidad dictatorial (confirmado el 7 de noviembre) sino por la marcha totalitaria del régimen usurpador, a la élite oligárquica-oligopólica de herederos-propietarios que el pueblo llama “Gran Capital” [por respeto al digno espíritu de emprendimiento no se debe confundir este peyorativo con el vocablo empresarios] se le ha ocurrido “refrescar” una retorcida idea que ya antes, en 2018, presentaron:  “Ortega es todavía dictador porque los ‘maximalistas’ exigen que termine la dictadura”.

Leer: El Gran Capital contra los empresarios, el pacto contra la democracia, los sicarios mediáticos contra la verdad

Seguramente un lector no muy enterado, uno que viva fuera del espanto surreal que es la política de los poderosos en Nicaragua, estará todavía frotándose los ojos. No hacen falta gotas, estimado amigo: ha leído usted lo que ha leído, lo que está escrito. En efecto, la más reciente defensa de la cohabitación con Ortega consiste en culpar a los que no quieren cohabitación con Ortega. Permítame repetirlo, y sepa que respeto su desconcierto, porque dudo que haya un concurso de rarezas donde una afirmación tan descabellada como esta tenga cabida: para los propagandistas del Gran Capital, incansables soñadores de aterrizaje suave y cohabitación, “Ortega es todavía dictador porque los demócratas nicaragüenses exigen que acabe la dictadura”.

“¿No será que hemos empujado demasiado a Ortega?”

Ya los sofistas a sueldo recurrieron a esta falacia en varias ocasiones. La primera en el 2018, cuando, según ellos, “Ortega no renunció porque los chavalos le exigieron la renuncia”; y, para colmo del atrevimiento, Monseñor Mata le aclaró al tirano que lo que estaba ocurriendo era “una revolución, pero desarmada”.  Ese mismo año, cuando todavía estaban los tranques en pie, y Juan Sebastián Chamorro visitó Miami, se escuchó esta inverosímil, y atroz, pregunta retórica: ¿Y no será que hemos empujado demasiado a Ortega? Me parece que la hizo uno de los acompañantes del futuro pre-candidato, el Sr. Vargas, de Faganic. Podría incluso equivocarme en el nombre del enunciador ––lo dudo, aunque ha pasado mucho de allá a acá–– pero puedo asegurar que hay un buen número de testigos del enunciado, que cito literalmente, porque me impresionó sobremanera. De hecho, una pariente muy cercana de una de las primeras víctimas de la represión dictatorial en aquel año trágico reaccionó airada, y cuestionó la ética de abandonarse de tal manera a una contrición vergonzante, en lugar de obedecer el imperativo de luchar contra Ortega. La masacre del 2018 apenas empezaba.

Nada nuevo trae el barco en 2022…

Como quien nada ha visto u oído, y no logra imaginar otra manera de reaccionar ante la indignación popular, los defensores del acomodo con el régimen regresan con una versión de “es culpa de los opositores democráticos”.  “La culpa es de ellos”, porque son “maximalistas”; es decir, exigen que no haya dictadura en Nicaragua; porque “empujan demasiado a Ortega”; porque, como dicen de los chavalos que retaron al tirano el 15 de Mayo, “no saben negociar; por culpa de ellos ‘fracasó’ el diálogo”.

pero el ataque de los pactistas es hoy más virulento

La nueva versión de “la culpa es de los demócratas”, hay que decirlo, es más virulenta que las anteriores, a tal punto que, en pose de sicarios mediáticos, sus proponentes llegan temerariamente cerca de repetir las acusaciones que vienen de El Carmen.  Desde el diario La Prensa, convertido en vocero de los que han adoptado la posición de transar con la dictadura (transar, y así traicionar el legado de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, con cuyo manto pretenden, inmoralmente, cubrirse de las críticas) se ha lanzado una campaña de demonización de los opositores democráticos. Uno puede imaginarse las sonrisas en El Carmen.

La última dosis de este veneno, lanzado contra quienes luchan por rescatar a Nicaragua de la peor tiranía de su historia, viene de la pluma del columnista Fabián Medina. Desafortunadamente, creo, porque nadie debería ensuciar su firma con la mentira y la falacia en medio de tan espantosa tragedia como la que vivimos los nicaragüenses. Pero eso es lo que ha hecho Medina. Ha mentido para apoyar la falacia interesada de los grupos más retrógrados, y más autoritarios, de la sociedad, los que desesperadamente buscan como reacomodarse con el régimen.

No es ninguna exageración llamar mentira a la mentira. Los datos y la información están ahí, a la vista de todos, y de futuros historiadores que ayuden a recomponer en la conciencia colectiva lo que ocurrió en nuestro país en los estertores de lo que soñamos sea su última dictadura.  Porque es una mentira que los “opositores que…no aceptan menos que el reino de los cielos como forma de gobierno después de Ortega y Murillo en Nicaragua… han impedido que salgamos de este reino de disparates.”

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Solo a un lector de otro país (casi de otro planeta) hay que explicar que Medina miente, que nadie reclama “el reino de los cielos como forma de gobierno” después de Ortega. Que los opositores democráticos reclaman algo que para Medina y sus patrones parece ya tan “maximalista” que debe tratarse del “reino de los cielos”: el fin de la dictadura y el comienzo de la democracia.  Miente, el articulista, porque sabe, como todos sabemos, que aparte de las disputas propias de un proceso político complejo, la fractura honda que existe en Nicaragua es entre la minoría minúscula que su periódico respalda, y que está dispuesta a cohabitar con Ortega, que busca una nueva edición del pacto que disfrutaron en relativa paz hasta el 2018, y los nicaragüenses que queremos, como es nuestro derecho, que un régimen usurpador y genocida sea derrocado, y emerja un gobierno legítimo, es decir, un gobierno que cuente con la aprobación del pueblo soberano.  Y esa mentira, obvia, evidente, documentable, la corona con la calumnia que más hará sonreír a los tiranos: que son, los nicaragüenses democráticos, quienes “han impedido que salgamos de este reino de disparates”.

Francisco Larios /
El autor es Doctor en Economía, escritor, y editor de revistaabril.org.

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