El Ciclo que Nunca Muere: Cómo la Máquina del Poder Nicaragüense Sobrevivió a la Colonia, se Modernizó con el Somocismo, Fracasó con la Revolución y Renació como Establecimiento en el Exilio
Como nicaragüense que crecí en los Estados Unidos, siempre he sentido una necesidad profunda de reconectar con la historia de mi país. Haber pasado mi formación lejos de Nicaragua me dejó con un hambre intelectual por comprender nuestras raíces, nuestras fracturas y la lógica de nuestro poder político. Esa búsqueda me llevó a escribir dos tesis: El Poder que Modernizó sin Liberar, sobre el somocismo, y La Revolución Fallida, sobre el sandinismo. Ambas nacieron de una misma inquietud: ¿por qué Nicaragua reproduce, una y otra vez, estructuras de poder autoritario, aun cuando cambian los discursos, los símbolos y las élites?
En ese proceso, recibí directamente del Dr. Arturo J. Cruz su obra La Impronta de la Colonia. Agradezco profundamente este gesto de fineza intelectual y generosidad personal. Para mí, que crecí lejos de la patria, su obra no solo ilumina el pasado: me ofrece una brújula para entender la cultura política que heredamos. El Dr. Cruz, con su claridad analítica y su compromiso con la formación de nuevas generaciones en INCAE Business School, representa para Nicaragua algo similar a lo que Robert Reich ha sido para los Estados Unidos. Reich —un “pequeño gigante” por la desproporción entre su estatura física y la magnitud de su pensamiento— enseñó en la Harvard Kennedy School y luego en la Goldman School of Public Policy de UC Berkeley, donde se convirtió en una referencia moral en temas de responsabilidad social. De manera análoga, el Dr. Cruz combina erudición, rigor y un compromiso genuino con el país, cualidades que lo convierten en una figura indispensable para quienes buscamos comprender Nicaragua desde sus raíces más profundas.
Este ensayo integra las grandes etapas de nuestra historia política —la colonia, el conservatismo oligárquico, el somocismo, el sandinismo, la transición neoliberal y el sandinismo 2.0— para mostrar que Nicaragua no ha vivido rupturas, sino mutaciones sucesivas de un mismo patrón de poder. Y cierro con una reflexión sobre el fenómeno CxL, Monteverde y el establecimiento del exilio, porque la historia no es un museo: es un espejo.
I. La impronta colonial: el molde original del poder
La colonia no fue un episodio remoto, sino la matriz fundacional de nuestra cultura política. Allí se establecieron los elementos que, con variaciones, han definido el ejercicio del poder en Nicaragua durante cinco siglos:
jerarquías rígidas
patrimonialismo
rivalidad faccional entre Granada y León
ausencia de ciudadanía
dependencia del “centro”
caudillismo como sustituto del rey
La colonia creó un orden donde el poder no se compartía: se heredaba, se imponía y se obedecía. Esa estructura mental sobrevivió a la independencia y moldeó todo el siglo XIX.
II. El siglo XIX conservador: la continuidad oligárquica
Tras la independencia, Nicaragua no construyó una república moderna. Lo que emergió fue una prolongación del orden colonial en manos de élites conservadoras. Entre ellas, ninguna tuvo tanta influencia como la familia Chamorro, cuyo peso político se extendió durante más de un siglo.
Frutos Chamorro (1806–1855): el fundador del conservadurismo moderno
Consolidó el poder conservador desde 1836. Fue delegado supremo del Ejecutivo, ministro de Hacienda y jefe del Estado.
Pedro Joaquín Chamorro y Alfaro (1818–1890): el patriarca nacionalista
Presidente (1875–1879), defensor del istmo, constructor del conservadurismo como proyecto nacional.
Emiliano Chamorro Vargas (1871–1966): el arquitecto del conservadurismo del siglo XX
Militar, negociador, presidente dos veces, aliado de Estados Unidos.
Diego Manuel Chamorro (1921–1923): continuidad familiar
Gobernó con la misma lógica patrimonial.
Conclusión:
La familia Chamorro encarna la persistencia oligárquica: cinco presidentes, un siglo de influencia, alianzas externas y control del Estado como patrimonio familiar.
III. La Chamorrada y el conflicto liberal–conservador
Entre finales del siglo XIX y principios del XX, Nicaragua vivió la rivalidad entre liberales leoneses y conservadores granadinos. No eran partidos modernos, sino clanes familiares que heredaron la lógica colonial del poder como patrimonio.
Las guerras civiles, los pactos rotos y las alianzas con potencias extranjeras prepararon el terreno para que un caudillo más eficiente —Anastasio Somoza García— capturara el Estado entero.
IV. El somocismo: modernización sin liberación
En El Poder que Modernizó sin Liberar sostuve que Somoza no fue una anomalía, sino la síntesis del caudillismo colonial y el patrimonialismo conservador, adaptado al siglo XX.
El somocismo:
convirtió al Estado en empresa familiar
profesionalizó la represión
modernizó la economía sin democratizarla
se alineó con Estados Unidos
sustituyó la oligarquía tradicional por una élite burocrático-militar
Somoza no destruyó el viejo orden: lo hizo más eficiente.
V. El sandinismo clásico (1979–1990): la revolución que perfeccionó la dominación
En La Revolución Fallida argumenté que el FSLN no desmontó el somocismo: lo heredó, lo ritualizó y lo perfeccionó.
El sandinismo:
instauró un Estado-partido
controló la economía
militarizó la vida cotidiana
sustituyó el caudillo militar por el comandante mesiánico
convirtió la obediencia en virtud
La guerra civil profundizó esa cultura política.
VI. La transición neoliberal (1990–2006): administración del poder heredado
Los gobiernos de Violeta Chamorro, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños:
no desmontaron la arquitectura autoritaria
negociaron con el FSLN
mantuvieron redes clientelares
culminaron en el pacto Ortega–Alemán
Fue una década y media de oportunidades perdidas.
VII. El sandinismo 2.0 (2007–2025): el autoritarismo mediático-místico
El regreso del FSLN en 2007 creó un modelo nuevo:
autoritarismo mediático
control religioso-simbólico
vigilancia policial
alianzas corporativas
destrucción de la esfera pública
El poder se volvió más sofisticado y totalizante.
VIII. El MRS y la responsabilidad compartida
El MRS tampoco puede lavarse las manos. Muchos de sus dirigentes fueron:
arquitectos del Estado-partido
legitimadores del proyecto revolucionario
administradores del aparato cultural
La ruptura con Ortega fue real, pero tardía.
La historia no es un tribunal moral, pero sí un espejo.
IX. CxL, Monteverde y el doble menú: el establecimiento en el exilio
Después de cinco siglos de continuidad, el fenómeno CxL no sorprende: es la reedición del viejo orden.
Dos identidades, un mismo problema:
En Monteverde: un “mole político”.
En EE. UU.: un partido liberal, ordenado, casi conservador.
La caricatura de 2021 como espejo:
La reacción a Manuel Guillén reveló la lógica interna:
crítica = ataque,
cuestionamiento = traición.
El retorno del linaje:
La aparición de Pedro Joaquín Chamorro Barrios confirma que el capital simbólico del apellido sigue operando como llave de legitimidad.
Juan Sebastián Chamorro y la verticalidad:
Designado por Kitty Monterrey sin consulta con bases.
El relevo no es democrático: es asignado.
Tecnología para avanzar… pero no para cuestionar:
Los jóvenes celebran la tecnología, pero la rechazan cuando evidencia contradicciones.
De ahí la frase absurda:
“soy un avatar de ChatGPT”.
El cierre inevitable:
CxL presume de buffet libre…
pero el chef sigue eligiendo el plato por vos.
La libertad prometida se sirve en bandeja de plata, pero el menú lo deciden Monterrey y Monteverde.
Conclusión
La historia política de Nicaragua no es una secuencia de rupturas, sino una continuidad profunda.
La colonia estableció la matriz.
Los conservadores la consolidaron.
Somoza la modernizó.
El sandinismo la perfeccionó.
La transición neoliberal la administró.
El sandinismo 2.0 la sofisticó.
Y hoy, en el exilio, CxL la reproduce.
El desafío no es cambiar de caudillo, sino cambiar la cultura política.
Solo así podremos romper con cinco siglos de continuidad autoritaria y construir, por primera vez, una república real.
🔴 Escrito por Douglas R. Lee
Figura publica,ingenieria y tecnología