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<<El pequeño círculo de poder que llamamos Gran Capital es un obstáculo para el desarrollo de los intereses del empresariado en su conjunto.>>

La tarea del sicario mediático: el asesinato moral del mensajero

Como parte de la promoción de su enésimo intento de pactar con el régimen, el Gran Capital usa a sus sicarios mediáticos y operadores en las sombras para construir una narrativa que desanime a la oposición, que haga perder la esperanza a los demócratas, y que persuada a los nicaragüenses que su mejor destino es resignarse a cohabitar con el régimen de Ortega-Murillo, porque “el hombre se queda y hay que entenderse”.

Uso la analogía con los “sicarios” del crimen organizado muy a sabiendas. Aquellos eliminan físicamente a quienes se oponen a sus jefes mafiosos.  Los de nuestro medio político practican el asesinato moral, que busca eliminar la legitimidad de quienes se oponen a las mafias de la anti-democracia.

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Su propósito, en ambos casos, no es negociar, no es debatir: es silenciar.  Los primeros lo hacen a punta de plomo. Los sicarios mediáticos lo hacen con todos los instrumentos de la descalificación.  La ridiculización, por ejemplo, la caricatura que intenta distorsionar la imagen de gente de principios democráticos y presentarlos como fanáticos irracionales, obcecados; como cuando La Prensa llama “maximalistas” y “polarizados” a quienes se niegan, en armonía con el 90% de la población, a abandonar la demanda de que desaparezca la dictadura.  La generalización calumniosa que acusa a toda la oposición, con la red más ancha que pueda tirarse a un mar, de ser “corrupta”.  Y, por último, la “extranjerización” de los opositores demócratas que viven en el exilio: ya no tienen, según los sicarios mediáticos, derecho a hablar, ni a ser parte del movimiento que libere a nuestra patria. No a pocos les ha ocurrido que, tras haberse rebajado a estas vilezas retóricas, han terminado, para su desgracia y como consecuencias del terror dictatorial, en el exilio.

¿Quién gana con esta degradación del discurso político? ¿Qué gana?

Ya que de acusaciones de corrupción se trata, y en vista de lo atroz y antidemocrático de la tarea que aceptan llevar a cabo, cabría preguntarse ––porque uno imagina que acallar la conciencia propia tiene costos–– qué beneficios esperan o reciben quienes predican con su pluma y su voz la aceptación de un régimen que es comprobadamente usurpador, genocida, y que está llevando a Nicaragua a su destrucción.

De sus empleadores, ya se sabe: el Gran Capital busca una solución a la crisis, que sea, en primer lugar, y si hace falta, en único lugar, una solución a su crisis. ¿Y cuál es esa crisis? La crisis del Gran Capital es la crisis del sistema de poder que ha oprimido a Nicaragua históricamente, y que la actual generación (del Gran Capital) perfeccionó para sus intereses, a tal punto que no hubo jamás un período en que sus grupos económico-familiares se enriquecieran con apetito tan voraz en los últimos 200 años.

Resulta, y esto es triste, pero es a la vez el humor cruel de nuestra historia, que jamás se enriqueció tanto la vieja élite postcolonial como lo ha hecho de la mano del gobierno “de los pobres”, del “pueblo presidente”, de la “revolución”, y de la Nicaragua “cristiana, socialista, y solidaria”.

Maravillas del “Socialismo del siglo XXI, versión El Carmen.” “Cosas veredes”. Etcétera.

Una gran mentira: Gran Capital = Empresariado.

Ya se ha puesto en evidencia y argumentado ––con datos y razonamientos para los cuales los sicarios mediáticos ni buscan ni tienen respuesta–– que ningún plan de “diálogo y elecciones” con la tiranía ofrece un camino hacia la democracia, y que más bien conduce hacia la impunidad, hacia más dictadura, y más asesinatos.

Pero en esta breve nota, mi interés es dejar en claro una diferenciación muy importante, que los sicarios mediáticos expurgan del discurso de los demócratas, en un intento por hacernos aparecer como extremistas anti-libre empresa, jacobinos que sueñan con montar guillotinas e instalar una dictadura totalitaria. Se trata de una pirueta de cinismo, porque somos los demócratas, precisamente los demócratas, quienes trabajamos para descarrilar el proyecto totalitario orteguista, el monstruo que los patrones de la oligarquía alimentaron por muchos años, y que hoy representa ––otra ironía–– la única amenaza de confiscación que enfrentan los dueños de empresa en Nicaragua.

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¿De qué se trata esta pirueta, esta maniobra de ofuscación de la verdad?  De refractar la crítica a una minúscula oligarquía de herederos-propietarios oligopólicos, un conglomerado de media docena de grupos económicos-familiares, a través de una confusión intencional: la de hacerlos pasar como “el empresariado” nicaragüense.

No lo son; son una cúpula, minoritaria y corrupta, cuyos privilegios no solo chocan con los de la democracia y el pueblo trabajador, sino que chocan ––y cada vez más violentamente–– con los intereses de la inmensa mayoría de los emprendedores, de los empresarios pequeños, medianos, e incluso algunos grandes empresarios.  El pequeño círculo de poder que llamamos Gran Capital es un obstáculo para el desarrollo de los intereses del empresariado en su conjunto, primero porque históricamente tiende a favorecer el autoritarismo, y este lleva periódicamente a la crisis, como ahora. Segundo, porque, en la repartición de privilegios con la tiranía, la cúpula de Pellas Chamorro, Ortiz Mayorga, Juan Bautista Sacasa, Zamora Llanes y unos cuantos más, ha hecho que las leyes económicas se escriban estrechamente a favor suyo y de sus socios del clan Ortega-Murillo, a expensas de la gran mayoría de los emprendedores honestos, monopolizando crédito y canales de comercio [miles de millones de dólares solo en la relación con la dictadura venezolana]. De esta manera, hacen prácticamente imposible el crecimiento de empresas desligadas de la sombra del pacto de “diálogo y consenso”.  Han explotado su concubinato con Ortega-Murillo y el acceso que les da el tratado DR-Cafta para crear una economía de enclave que los beneficia a ellos casi exclusivamente.

Una alianza necesaria para la democratización política y económica de Nicaragua

Note, estimado lector, el énfasis que resalta la palabra privilegios en el párrafo anterior. La lucha por la democracia en Nicaragua es la lucha por un sistema de derechos para todos, privilegios para nadie. Esa es la aspiración y la lógica de una democracia, pero también la de una economía post-feudal. Que, a estas alturas, en pleno siglo XXI, tengamos que preocuparnos por aspirar a una economía sin tinte colonial-feudal da una idea de la gravedad de nuestro estancamiento, y de la imperiosa necesidad de enfrentar a las fuerzas más retrógradas de la sociedad, que no solo alimentan dictadura, sino que engordan sus fortunas a costa de una anemia de innovación, de modernidad, de avance tecnológico, y del bienestar de la inmensa mayoría de la población.

Por eso, la lucha por la democracia pasa por constituir una alianza en la que ocupen el lugar que les corresponde, por derecho y por necesidad, los pequeños, medianos, e incluso grandes empresarios que no participen del festín del Gran Capital.  Necesitan estar en la coalición democrática que debe agruparse para derrocar el sistema de poder actual, obsoleto y anacrónico, que es, insisto, un sistema de privilegios [y en eso es feudal] y reemplazarlo por uno de derechos para todos, privilegios para nadie. En otras palabras, reemplazarlo por un Estado de Derecho moderno, una estructura de poder que ––esto no lo ven los ojos miopes de la oligarquía–– protegerá incluso los derechos [no los privilegios] de esta.  Y, hay que decirlo con claridad: los empresarios no solo deben estar en esta coalición, sino que, como cualesquiera ciudadanos, como parte de la nación, y con derechos inalienables, deben ser protagonistas en la construcción de la prosperidad en libertad que los demócratas soñamos para Nicaragua.

Francisco Larios
El autor es Doctor en Economía, escritor, y editor de revistaabril.org.

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