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Nadie, sin haber antes sucumbido a la putrefacción moral que el orteguismo cultiva, y del que ha hecho brotar como hongos de bosta socios, cómplices y alcahuetes, puede cerrar su mirada y olfato a la cadena de declaraciones infames que provienen del diario que, en tiempos ya remotos, exhibiera la postura ética con que su antiguo director, Pedro Joaquín Chamorro, atizaba una oposición democrática vertical al terror somocista: “con la dictadura no se transa”.

Chamorro, y demás accionistas de La Prensa de entonces, tenían, como es natural, intereses propios, que compartían, como es también natural, con gente de intereses similares. Sin embargo, la ética de la gerencia de entonces no era la ética de hoy. En aquellos tiempos la consecución del interés más estrecho (las ganancias del periódico), o del interés de los grupos afines, no era coincidente con la aceptación del genocidio; con la humillante, repetitiva y rastrera súplica de diálogo al tirano, a quien ya legitiman con la designación de “gobierno”; con el elogio a las fuerzas represivas del Ejército; y, con el desprecio hacia los nicaragüenses perseguidos, exilados, empobrecidos, encarcelados y oprimidos que reclaman apenas lo que por nacer les pertenece: sus derechos humanos.

Una retahíla de bajezas

No debemos olvidar que La Prensa llama “maximalistas” a quienes defienden lo que es, en realidad, una demanda mínima: que un ciudadano pueda expresarse y movilizarse libremente por su propio país, salir y entrar a su patria sin que sea esto un privilegio; pronunciarse sin que cuelgue sobre él la amenaza de ser apresado, torturado, o muerto. “¡Maximalistas!”, grita La Prensa; “el pueblo es injusto con el ejército”, editorializan; “Ortega tiene tanto derecho a ser candidato como cualquier ciudadano”; y llaman “disparate” al reclamo de justicia por el genocidio, un “disparate” que, según ellos, “impide que la tragedia termine”. La lista de declaraciones chocantes se alarga elásticamente e incluye ––habrá que decir “por ahora”, ya que escalan cada vez más altas cumbres de cinismo, o se hunden cada vez más en su fosa, escoja usted–– declaraciones que son verdaderamente viles desde una perspectiva humanista y democrática.

Y cuando ya no parece posible, pasan de peor a peor. En la más reciente iteración de su discurso otorgan legitimidad a la tiranía, llamándola “gobierno”, y le imploran, una vez más, que “dialogue con los nicaragüenses”, después de que el tirano rechazara todo diálogo con Estados Unidos (“el diablo”). No perdamos de vista, en este torbellino, la mentalidad colonizada de Ortega, para quien el único interlocutor a considerar es el “imperio”.   Pero, volviendo al diario “opositor”, lo que sigue es, para ser caritativo, alucinante. Su postura es (y ha sido) que hay que negociar con el régimen, y a cada paso se empeñan en recordarnos (las voces y los intereses que hablan a través del Editorial), que están dispuestos a convivir con quienes han cometido un genocidio y atropellado toda semblanza de legalidad.

Nada de esto es nuevo. Lo que es nuevo es el tono, cada vez más abyecto, y el mensaje, cada vez más impúdico. Se arrastran ante el ejecutor de las miserias del país, y buscan arduamente recrear el pasado, fabricar una burda y falsa narrativa en la que el “diálogo” es una opción, una opción constructiva; de hecho, la única opción. Afirman (ya no sé ni qué adverbio usar, ante tanta desfachatez), que el diálogo de mayo y junio de 2018 no funcionó porque “no hubo condiciones.”  La expresión quiere ser eufemismo, pero es mortalmente nauseabunda: obviamente, un diálogo no funciona cuando una de las partes está ocupada asesinando a la otra, que es precisamente lo que hizo la dictadura en el 2018, y era, de hecho, su propósito cuando inició el diálogo.

Pero, bueno, tampoco hay que ser “cabezas calientes”, como llaman en el diario a los demócratas; hay que reconocer, dice La Prensa, que el diálogo de 2019, ese sí, ese funcionó. Y todo se hubiera solucionado si no fuera porque los acuerdos no se pusieron en práctica por culpa de… ¡la oposición! “Las partes”, explica el editorial, “acordaron y firmaron…una serie de acuerdos apropiados para sacar al país de la crisis y recuperar la normalidad plena y duradera. Sin duda que eso se hubiera podido lograr si la oposición no se hubiera levantado bruscamente de la mesa de diálogo y a pesar de eso el Gobierno hubiera ejecutado los acuerdos.”

Hay mucho más en el editorial de La Prensa que es abyecto, desde la invocación distorsionada del filósofo Fernando Mires, con la que pretenden demonizar el “antagonismo” de la población hacia Ortega (¿no es increíble esto, condenar moralmente a la víctima por “antagonizar” al asesino?), hasta la plegaria por un acuerdo que no solo sea “satisfactorio” para la oposición, sino que sea “satisfactorio para el Gobierno”. Es decir, La Prensa (¿diario de oposición?) pide un esfuerzo para “satisfacer” a un “gobierno” impuesto por el fraude, la violencia cotidiana y el genocidio, deslegitimado por la población, y convertido en paria internacional.  En lenguaje simple y directo, los intereses que hablan a través del editorial de La Prensa abogan por que se satisfaga a Ortega. ¿Cómo se satisface a un tirano cuyo propósito es reinar incuestionado y para siempre, cometer crímenes con impunidad, y fundar una dinastía familiar?

Francisco Larios /
El autor es Doctor en Economía, escritor, y editor de revistaabril.org.

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