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“Ideas viejas, fallidas, pensar que existe una vía electoral. Uno tiene que creer la evidencia cuando la tiene enfrente. La evidencia es contundente: no hay vía electoral. El sistema electoral fue totalmente deformado, hasta en lo legal, y ahora solo sirve para poner en escena una velada de colegio donde el tirano decide cuántos y qué municipios son formalmente FSLN, y cuáles no. No se «ganan» municipios. Se aceptan los que el FSLN quiere dar.”

Aunque no es lo que quisiéramos, la realidad es la realidad: Ortega y Murillo no van a dejar el poder por las buenas, no solo porque no quieren, sino porque no pueden; solo por la fuerza saldrán; ¿qué fuerza? ¿cuánta fuerza? No sabemos exactamente cómo ocurrirá, o cómo se iniciará ese proceso de fuerza, si por un levantamiento, un golpe, la muerte de alguno de ellos, etc. Imposible predecir.

Pero de esto sí podemos estar seguros: si queremos democracia debemos olvidarnos de esquemas fallidos y anticuados, como la trampa de diálogo y elecciones. Como la idea, ya desacreditada por la experiencia, de que es posible la vía electoral para sacar al dictador, como la idea de que si «le ganamos municipios» lo vamos a ir debilitando.

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Ya está más que demostrado que esto no es así, y si queremos avanzar, no podemos seguir con las ideas viejas, fallidas, que solo han servido a la dictadura bicéfala. Y cuando decimos “bicéfala” es porque tampoco podemos engañarnos: la dictadura no existe sin el apoyo del Gran Capital. Es también la dictadura del Gran Capital, que escogió a Ortega como socio, y que el 15 de mayo del 2018 pudo haber puesto fin a la tiranía Ortega-Murillo y evitar la enorme tragedia que ha ocurrido desde entonces.

En lugar de eso, escogieron apoyar al jefe de la mafia, escogieron que no cayera el régimen, porque cada año acumulan riquezas con él, aunque tengan con él una relación que el pueblo les ha hecho difícil. El Gran Capital está dispuesto a sacrificar hasta a sus empleados de confianza, como Juan Sebastián Chamorro y Chano Aguerri, como ha estado dispuesto a sacrificar a la población.

Ideas viejas, fallidas, pensar que existe una vía electoral. Uno tiene que creer la evidencia cuando la tiene enfrente. La evidencia es contundente: no hay vía electoral. El sistema electoral fue totalmente deformado, hasta en lo legal, y ahora solo sirve para poner en escena una velada de colegio donde el tirano decide cuántos y qué municipios son formalmente FSLN, y cuáles no. No se «ganan» municipios. Se aceptan los que el FSLN quiere dar. No se «defiende el voto». ¿Cómo? ¿Apelando a quién? ¿En serio puede hablarse de «defender el voto»? Noción totalmente ilusoria, fuera de contexto. Y en última instancia, con paramilitares y Ejército listos, y autorizados formalmente para sofocar protestas electorales en los municipios, la idea de «defender el voto» se torna todavía más absurda.

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La única pregunta que vale la pena hacerse es si bajo la cubierta de «elecciones» uno puede aprovechar para organizar a su gente para la lucha NO ELECTORAL.  Pero esto es sumamente improbable. Más bien, si queremos ser realistas, no nos queda más que reconocer que la lucha no electoral, por más que cueste, por más que se prolongue, es la única que puede dar al traste con la dictadura.  No hay atajo.  Y la lucha no electoral NECESITA organizarse con sigilo, desde trabajo clandestino, creando grupos y redes de grupos y preparándose para acciones de resistencia que vayan de menor a mayor, protegiéndose al máximo del enemigo, no exponiéndose a campo abierto como sería en una campaña electoral. No hay campaña electoral legítima bajo un régimen ilegítimo, con estado de sitio, paramilitares, sapos, asesinos a sueldo y una autoridad electoral que está ahí para cumplir la formalidad de declarar vencedores a quienes la tiranía escoja.

Entendemos que para quienes son opositores sinceros y hasta la fecha quedaron en cargos municipales, existe la racionalización de «si no soy yo, va a ser uno del Frente».  El problema es que se trata de una racionalización, de una explicación que uno se da a sí mismo para justificar su conducta.  Puede ser incluso de buena intención, pero creemos que implica un múltiple error, demostrado por la experiencia. Primero, ¿qué pasó a los grupos que fueron a municipales después de la masacre? ¿Qué lograron para la democratización? Segundo, ¿quién decidirá si «son ellos», si «soy yo» el que queda en la alcaldía, los votantes, o el régimen? Tercero, ¿cómo van a decir que el sistema es ilegítimo, que es totalmente fraudulento, que el régimen es genocida, y participar con ellos en un proceso que también denuncian como viciado?

La verdad se impone, e impone cambio de ideas, dejar las ideas fallidas y anticuadas, y aceptar lo que no quisiéramos: que para quienes quieran ser oposición real la vida es dura, que no se puede ser oposición real desde el proceso «electoral», que es más cómodo ser alcalde o vice alcalde de un municipio, pero que uno logra serlo, en las actuales circunstancias, solo si el régimen lo quiere, y solo mientras el alcalde o vice alcalde no usen los recursos y el poder de la alcaldía para buscar el derrocamiento de la dictadura, de tal manera que al aceptar uno ser alcalde o vice alcalde necesita, por fuerza, someterse a la dictadura, por lo menos adoptar una actitud pasiva, en la que el alcalde se reduce a un administrador de cuestiones comunales, pero no un político que actúe contra el régimen.

En otras palabras, se vuelve uno oposición de nombre, nada más. Y esto no quiere decir que uno sea una mala persona, sino que al aceptar las reglas del sistema no le queda más remedio que jugar por las reglas del sistema. Si no se quiere ser oposición de nombre, si se quiere ser oposición real, efectiva, el sacrificio que hace falta es potencialmente muy alto, y esto es también verdad. Porque la lucha es de alto peligro frente a un enemigo implacable, y por tanto requiere organización sigilosa, creación de células, grupos de células de ciudadanos democráticos dispuestos eventualmente a desarrollar acciones de resistencia, que vayan de menor a mayor, hasta derrocar al régimen, y a prepararse para múltiples escenarios posibles de fuerza, como un golpe cívico-militar de las élites, por ejemplo, para que no haya una falsa transición. No todo el mundo puede o está dispuesto a hacer este trabajo de hormiga, y arriesgarse, si el régimen lo identifica, a pasar a su lista negra. Pero habrá, siempre y en todo lugar, a través de la historia ha habido, quienes lo hagan. Al final viene el triunfo, pero no sin antes dejar atrás las ideas fallidas, anticuadas.

Recuperado de Revista Abril.

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