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Rojizo y desaliñado, de pie ante el atril de madera, un orador con talante celebratorio, jocoso incluso, y una chispa maliciosa en la mirada, se dirige desde el pozo de la Cámara de los Comunes al pleno que colma los escaños. “Hasta la vista… baby”, les dice, repitiendo la famosa frase del personaje de ciencia ficción Terminator (o Exterminador). Luego, como de un salto hacia atrás, retoma su asiento, evidentemente dueño de sí, satisfecho, entre aplausos, el estallido de la carcajada y el bullicio que es frecuente en los debates del Parlamento inglés.

De no saber de qué se trata, uno podría inferir que el orador se ha impuesto, que se mofa de algún contrincante derrotado; derrotado con tanta contundencia que el vencedor puede humillarlo con escarnio infantil. “Hasta la vista, baby”; como entre niños (o cuando yo lo era, hace ya considerables lunas): chin-chinga la burra chinga.

Lo curioso es que el orador, Boris Johnson, más bien se despide de su cargo de Primer Ministro, del cual ha sido expulsado por su propio partido, los conservadores Tories, quienes trabajan ahora, como mayoría que son, en la selección de un reemplazo. No era este el resultado al que aspiraba Johnson, controvertido y volátil personaje, cuya valía no es el tema de este artículo, más allá de que no pueda soslayarse el gran poder que blandió, para bien o para mal, durante varios años.

Ya con estos antecedentes uno entiende que “hasta la vista, baby”, tiene dos filos: guasa para los enemigos; guasa para sí mismo. “Terminó la batalla, terminó mi tiempo en esta silla, ya nos veremos más adelante.”  “En unas semanas habrá otro piche aguantando”; aguantando las intrigas en el 10 de la calle Downing, los embates cotidianos de la prensa, las presiones de los diferentes sectores y electores del país, y la andanada de reclamos que los martes le avientan en el Parlamento, sin más contemplación que un mínimo decoro que el Speaker, desde un trono que flota ostentosamente arriba del espacio reservado al Primer Ministro, insiste penosamente en preservar: “order, order…order”, implora, en un tono angustiado que disimula su poder. Afuera, en las calles, la vida del país prosigue. Y eso que los Tories van alineándose detrás de un reemplazo cuyo perfil personal sería, en otras sociedades de occidente, foco de controversia: extracción india y filiación musulmana. Pero afuera, en las calles, la vida del país continúa. La primacía de Boris Johnson en la política inglesa ha muerto. Muerta esta, se busca otro; se vota y se lanza a los leones al nuevo primus inter pares.

Los ruidos del engranaje político, la crisis de reacomodo, entre los representantes electos del pueblo británico, no es para la sociedad una crisis existencial. Desde hace siglos nacen y mueren, dentro del orden institucional inglés, las carreras políticas. Desde hace siglos, en estas islas, la mortalidad política de los electos, los que verdaderamente administran el Estado, es parte de la realidad objetiva y emotiva del poder. “Hasta la vista”, Boris Johnson, que pase el siguiente, que salga “de la nada” el próximo ambicioso o visionario, que haga su trabajo, y concluido este, no en su opinión, sino en la opinión de los votantes, “hasta la vista”.

Puede tratarse incluso de un gigante victorioso, como Winston Churchill en 1945. ¿Quién podría predecir que un líder que fuera el rostro de la resistencia heroica ante el nazismo que controlaba Europa, y el símbolo del triunfo contra este, reputado en encuestas como dueño de la simpatía del 83% de los ingleses, perdería abrumadoramente, apenas acabada la guerra? “Hasta la vista, Winston.”

Winston, en nuestros lares, quizás hubiera reinado hasta la muerte. A lo mejor hubiera caminado, cacreco e incoherente, los últimos metros de su poder. No en vano: había conducido a su nación por el desierto. Sería, en nuestro rincón del mundo, Moisés. Más que Moisés, Mesías. Sería (y se sentiría) acreedor de obediencia absoluta. El comandante, su Excelencia, el General de División. Auténtico héroe de la patria. Forever. Vamos por más victorias. Mientras, en Inglaterra: “hasta la vista, Winston.”

Dicho sea también que a Churchill seguramente le parecería indigno que se le comparara con nuestros “estadistas” (para usar, a falta de otro genérico, un vocablo que injustamente sugiere algo más serio de lo que, por gobernantes, ha tocado en suerte a Nicaragua). Desde hace al menos cien años, y no voy más atrás porque siento que me hundo en una oscuridad cada vez más densa, los mandamases del país son, puede decirse sin mucha exageración, una reata de mediocres, iletrados, provinciales, ignorantes sin visión de pasado o de futuro.  Que haya alguno que se acerque por bien a las márgenes de esta descripción, no es descartable, pero es debatible.

En lo que prácticamente no hay excepción ni duda es en el puesto que dentro de la estructura psicológica del poder político ocupa “el líder”.  Se trata de uno de “arriba”, sea por herencia, o porque “le cuesta la causa”. En la cúspide de la sociedad, electo o no, oficialmente o no, es faraón, encomendero o mesías. Es padre (o madre) de la tierra y de sus habitantes. Tiene la prerrogativa, y la ejerce, de ser magnánimo o severo. Ya en 1854 se escucharon (¡en la toma de posesión de Fruto Chamorro, el primer Presidente!), estas armoniosas palabras: “Me consideraré como un padre de familia amoroso y rígido que por gusto y obligación procura en todo caso el bien de sus hijos, y sólo por necesidad y con el corazón oprimido, levanta el azote para castigar a quien da motivo.” Como, a buen entendedor, pocas palabras bastan, los candidatos al azote huyeron, e iniciaron una guerra que desembocó en la toma de Nicaragua por mercenarios estadounidenses a su servicio.

No está demás (estuve tentado a escribir, erróneamente, “demás está decir”) recordar que la libertad política y la existencia de una república democrática sostenida por un Estado de Derecho son incompatibles con el sustrato autoritario en la cultura. Será difícil, incluso, producir estadistas dedicados a la supervivencia y engrandecimiento del país, si no cambia de manos el azote; si no se le arranca a los que quieren regir con el aura absolutista de un pater familia y se le entrega a votantes que vean al líder como un servidor temporal, como a un empleado que se contrata y despide a conveniencia del negocio público. Para eso, aparte de quitarles poder real y poder legal, y como un paso esencial en esa dirección, hay que desmitificar, reducir a los políticos, en nuestra mente y conciencia, a servidores que deben el privilegio de ejercer su ambición al favor condicionado del votante. No es fácil esto. Se trata de plantearnos un asalto racional contra la irracionalidad que persiste en toda cultura humana. Pero cuando aspectos de esa irracionalidad causan daños evitables, y los causan en extremo, la necesidad de forzar el curso en otra dirección se vuelve imperiosa.

En nuestro caso, se requiere un viraje tanto o más dramático que el de la inteligente ingratitud inglesa hacia Churchill. Con la frialdad de quien reforma un negocio que hace aguas, que deja pérdidas crónicamente, y con la buena intención de hacerlo marchar y florecer, debemos dejar atrás ciertos patrones emocionales que son diametralmente contrarios a la enseñanza de la elección británica de 1945. Ese patrón hizo de la Sra. Violeta Barrios candidata aglutinadora y Presidente de Nicaragua, y es indudable que fue su condición de viuda, ausente toda preparación académica o política, la responsable. Ese patrón irracional es parte del ADN caudillista: al valor personal, el arrojo y hasta la terquedad conspiradora de Emiliano Chamorro, por ejemplo, puede atribuirse su rápida acumulación de poder, en detrimento de cualquier posibilidad democrática. El mismo patrón irracional, la “gratitud”, la “admiración”, por el coraje de muchos combatientes, dio carta blanca y tiempo suficiente a los políticos del FSLN para construir su maquinaria dictatorial a partir de 1979.

Dentro de esta vertiente de irracionalidad, la prisión política ha entregado a sus víctimas réditos eventuales. Caer preso por un poder impopular limpia, pule y da esplendor, como reza el lema de la academia de la lengua española. Hay que superar estas creencias, detener estas inercias. Que alguien se conduzca dignamente mientras un poder tiránico y abusivo se ensaña en él es loable, pero no puede, por el bien del país y el cultivo de la libertad, nublar el juicio frío que se haga del cautivo, una vez liberado y en competencia por el poder. Cuando llegue ese momento, la pregunta que debe hacerse es si él, o ella, conviene al país; si él, o ella, sirve para la siguiente fase de desarrollo democrático en la sociedad; si él, o ella, tomada en conjunto su trayectoria, exhibe la inteligencia, el temperamento, y los valores compatibles con la libertad de los demás y con la reconstrucción y engrandecimiento del país.

No más “le cuesta la causa”, “es arrecho el hombre”; no más martirologio, no más piedad con los políticos. No más subordinación. A todo el que entra en la contienda política, ahora y en el futuro, hay que someterlo a riguroso examen, someterlo al dominio de instituciones que acumulen el poder ciudadano. Hay que quitarles, además, el olvido de sus actos, que cultivan. Porque, bien se trate de un mercenario, bien se trate de un visionario, sin ese control, sin el frío e ingrato juicio que como ciudadanos impongamos a quienes compiten por el poder, nunca saldremos del régimen de azotes con el que quiso dar inicio la república. A casi 170 años del regaño “amoroso y rígido” del primer autoritario oficial del país, hay que decirlo: ya es hora.

*“Estuvimos mucho tiempo en Nicaragua…en lugares así”.

Francisco Larios
El autor es Doctor en Economía, escritor, y editor de revistaabril.org.

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